Archivo mensual: febrero 2011

La desesperada necesidad de lucir “buena gente”, 28 de Febrero de 2011

En la historia de la evolución de los lubricantes, habrá un capítulo completo dedicado a un especial aceite venezolano. Se trata de un aceite que no se utiliza en máquinas, ni en sistemas electromecánicos industriales. Es un lubricante que permite el funcionamiento de toda una maquinaria social, que hace posible que unos abusen de otros, que se desperdicie el tiempo de millones de ciudadanos sin que a la “máquina social” se le fundan los anillos. Se trata de la pulsión nacional por siempre lucir “buena gente”, con buenas intenciones, con las motivaciones más altas y puras, aunque los resultados sean destructivos.

Ese bendito lubricante, que permite a una madre soportar historias dramáticas de irresponsabilidad y desorden con sus hijos, que hace posible que una mujer hecha y derecha asuma el maltrato y el “chulismo” de su pareja, que permite hacer realidad una curiosa situación según la cual, todos los habitantes de un país son “panitas” y “hermanos”, aunque ninguno confíe en el otro, ha llevado las cosas a un extremo peligroso. Un país en el cual todos simulan recíprocamente que la responsabilidad de las cosas es de un tercero malintencionado distinto a ti y a mi, tarde o temprano se tropieza con el inevitable muro de la realidad.

En Venezuela, la manía de lucir “buena gente” es patológica. El ser “simpático” no es la principal virtud del ser humano y, en el caso de nuestro país, ese “bug” psicosocial es explotado magistralmente en la estrategia comunicacional del gobierno. En Venezuela, toda la incompetencia gubernamental es estoicamente soportada por un pueblo que diariamente recibe miles de mensajes comunicando que “Chavez es pana”. Y como es pana, entonces se le pueden aceptar sus cosas, sus loqueras, sus pelones, porque a un pana se le entiende, se le comprende, se le dejan pasar las vainas. Esto explica, en parte, por qué en los estudios de opinión publica el gobierno es malo en la resolución de problemas específicos, pero a Chávez se le da alta aprobación general, alto nivel de agrado y alta intención de voto: porque es pana.

La comunicación del gobierno está muy bien pensada y, en este caso, utiliza la viscosidad de ese lubricante, que los venezolanos en algún momento inventamos para que las cosas fluyan, para minimizar la fuerza de roce social, para eludir el enfrentamiento, quizá buscando inconscientemente evitar que algunos demonios que llevamos dentro nos impulsen a matarnos. Un amigo extranjero una vez me dijo: “la verdad es que los venezolanos tienen un gran mérito, con solo un décimo de lo que ha pasado aquí, ya nosotros nos hubiéramos matado todos” Y… hasta dónde eso es un mérito?

Raúl Aular Delgado

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¿Anomalía estadística o nuevo fenómeno?, 27 de Febrero de 2011


Moisés Naím dijo recientemente que, desde el punto de vista estadístico, las autocracias petroleras no caían: un caso emblemático de petrocracia “eterna” es la de Libia y ya vemos lo que está sucediendo.

Teniendo pobres “como arroz”, al margen de la modernidad, al lado de una fuente de riqueza monopolizada por un gobierno que le “garantiza” a la comunidad internacional un suministro de energía seguro y confiable, se crea una sinergia diabólica en la cual el mundo satisface sus necesidades gracias a que un autócrata logra, a través de la represión a su población, una “adecuada estabilidad” y asume para su país el rol que las potencias occidentales le han asignado: mina petrolera.

Las potencias occidentales “descubren” que un régimen es autocrático cuando deja de ser útil, cuando ya no garantiza una “adecuada estabilidad” y esto no puede ser considerado una “doble moral”, esto debe ser considerado normal por las fuerzas locales contrarias al régimen. No es con argumentos moralistas como se convence a las potencias de la necesidad de un cambio, hay que demostrar que quienes pretendan sustituir al gobernante en el poder, están en capacidad de ofrecer algo mejor.

En Venezuela, buena parte del liderazgo alternativo al gobierno actual se enrolla demostrando que un país manejado por ellos sería mejor que un país manejado por Chávez, y esas dificultades son tanto adentro como en el exterior. El tema novedoso a raíz de lo sucedido en Libia, Túnez y Egipto es que las potencias mundiales se están dando cuenta que el mundo cambia rápidamente y que los “hombre fuertes” un día garantizan la estabilidad y al día siguiente se los consiguen haciendo fila en el consulado para pedir asilo. Occidente debe ir entendiendo que estamos en presencia de un mundo diferente en el cual la estabilidad debe ser de mayor “calidad”. Patrones de comportamiento que, hasta ahora, permitían predicción  estadística, están modificándose y originado la aparición de múltiples puntos anómalos en las curvas de regresión. El pasado ya no es tan confiable para predecir el futuro.

Los venezolanos tenemos que ponernos pilas!, o nos convertimos en “patrón estadístico habitual” o brincamos la talanquera de la curva de regresión: no hay porqué ser esclavos de un coeficiente de correlación!

Raúl Aular Delgado

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Los Parásitos y el Eclesiastés, 4 de Diciembre de 2007

Hay sistemas de creencias que funcionan como parásitos exitosos alojándose en el huésped y viviendo de él sin que éste último se de cuenta. Ese tipo de especies logran mantener un equilibrio biológico con el huésped que les permite explotarlo sin sufrir resistencia e incluso activan mecanismos que hacen invisible su presencia para el sistema inmunológico del paciente generando un sistema cerrado que se autoprotege y perpetúa.

Parece ser que algunos revolucionarios son víctimas de un sistema de creencias con características parasitarias que explota su inteligencia (muchos son realmente brillantes) con el fin de garantizar la supervivencia.

Algunos análisis que intentan explicar lo que sucedió el domingo 2 de Diciembre llegan a conclusiones realmente sorprendentes. Una explicación es, por ejemplo, que el pueblo venezolano es todavía presa de una serie de condicionamientos impuestos por el sistema capitalista que impidieron que una reforma que “evidentemente” lo beneficiaba resultara aprobada. Otra sugiere que el pueblo no votó en contra de la reforma sino de lo que una supuesta campaña mediática dibujó como reforma, de manera que el resultado se puede despreciar. Otras sofisticadas explicaciones indican que no se ha llegado al nivel de madurez necesario para apoyar una propuesta tan “de avanzada” tan “sofisticada”, es decir, que el pueblo venezolano se encuentra en una especie de estadio infantil que le impide entender y apreciar lo que realmente le conviene. Todas estas hipótesis tienen un efecto tranquilizador y compensatorio en la mente de los perdedores debido a que todas las explicaciones logran la magia de ubicar en el exterior las causas del fracaso y, al mismo tiempo, acariciar el ego de personas con inteligencia superior al promedio haciéndolas sentirse parte de una vanguardia benefactora, incomprendida por la plebe que todavía se encontraría víctima de sus instintos, en un deprimente estadio cuasianimal.

Al escuchar esas explicaciones uno entiende por qué es necesario crear un hombre nuevo, se trata de elevar al Homo sapiens común y corriente hasta un nivel en el cual sea digno de las ideas defendidas por los revolucionarios, quienes ya han logrado liberarse de los condicionamientos impuestos por el sistema y se encuentran en un estadio superior de consciencia. Al escuchar estas explicaciones uno puede entender por qué una clara derrota como la del domingo se convierte en la confirmación de que se está en el camino correcto: “sabíamos que el camino era largo y difícil”, “estamos preparados para una jornada de largo aliento”, “estos son sólo piedras en el camino que ya esperábamos”.

Incluso en los análisis de alguien como Heinz Dieterich lo único que se encuentra son explicaciones dirigidas a elementos de carácter táctico, errores de ejecución, malas decisiones en cuanto al “timimg” pero jamás asoma, ni por equivocación, que la propuesta está fundamentalmente equivocada y simplemente no funciona. Todas estas explicaciones deben su eficacia al hecho de que funcionan como mecanismos de defensa psicológicos que toman fuerza acariciando, engrandeciendo y reforzando el ego de la víctima.

De allí el carácter parasitario de ese sistema de creencias, funciona como un mecanismo de retroalimentación positiva, apalancándose en el ego de la víctima y autoreforzándose utilizando la inteligencia del huésped. De esta manera jamás se les ocurrirá sospechar, ni siquiera como hipótesis, que el pueblo razonó y entendió bien, no le gustó y votó NO.

Es lamentable, pero hay muchos pseudointelectuales que piensan que el pueblo es víctima de una superestructura generada por el capitalismo mundial que le impide saber lo que en realidad le conviene, cuando en realidad son ellos las víctimas, no de una superestructura, sino de su propio ego. Ya lo dice el Eclesiastés: “…todo es vanidad…”

Raúl Aular Delgado

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Pueblo “Ignorante” y Elite “Iluminada” Noviembre, 2007

Entre ciertos círculos pseudoilustrados que se autocalifican como “élite” bien sea económica, cultural pero sobretodo intelectual, se maneja la tesis según la cual todos los males que nos aquejan son producto de la ignorancia del pueblo. Según ellos “esa gente” no merece contar con una avanzada intelectual tan iluminada. Estar rodeados de tanto insuficiente mental, de tanta ignorancia pues, sería la “cruz” que la historia ha colocado sobre los hombros de estos heraldos de la civilización y que los condena al sufrimiento eterno, al tener que soportar día a día los obstáculos y las absurdas decisiones de personas que actúan ciegamente, guiados por una temeridad, sólo más grande que su propia ignorancia.

 

De ésta forma se llega rápidamente a una explicación satisfactoria que actúa como mecanismo de defensa psicológico (la culpa la tienen otros) a la frustración propia. De esta forma se encuentra explicación al porqué está en la Presidencia de la República un teniente coronel con un proyecto inviable e incompatible con el código genético del Homo sapiens, de esta forma se entiende que todo es parte de esa misteriosa cruz que nuestra élite iluminada debe cargar como parte de su destino histórico. Otras élites no tienen que soportar un peso muerto tan elevado, otros grupos dirigentes han tenido la suerte de contar con pueblos civilizados, cultos y sin las “taras” cognitivas, raciales y morales que tendría el nuestro. Es como decir que es fácil construir un país como los Estados Unidos, si cuentas con un pueblo como el estadounidense, es fácil construir un país como Japón, si tienes japoneses, es fácil crear una nación como Alemania, si puedes llenarla de alemanes, pero si sólo tienes venezolanos podrás, si acaso, crear algo como Venezuela. Que buena vaina!!! Si fuésemos alemanes, nuestra élite con toda su sabiduría, hubiera creado aquí un virtuoso país tropical, en el cual todos seríamos puntuales, no eligiríamos a tenientes coroneles y fabricaríamos BMWs.

 

Resulta ser que de acuerdo con toda la evidencia disponible, la dirección de la causalidad es exactamente contraria. Es decir, la calidad de las élites es el factor más influyente en la vida de una nación y determina en gran cuantía lo que sucede en ella: y eso es así para lo bueno y para lo malo.

 

En efecto, la inviabilidad de la llamada 4ª república fue producto de la acción y la omisión de una élite mediocre que no actuó bien ni siquiera a favor de sus propios intereses. La elección del Presidente Chávez recibió el apoyo de buena parte de la élite económica y política del país y son, en buena parte, responsables de su triunfo (mientras estuvo preso nunca pasó de 4-5% de popularidad). Cuando la popularidad del Presidente Chávez llegó a mínimos históricos producto del rechazo generalizado a su estilo de gobierno (último trimestre 2001 y primer trimestre 2002) la élite lo atornilló en el poder al demostrarle al “pueblo ignorante” que quizá Chávez era mejor que la alternativa existente. La votación en el referéndum revocatorio no coincidió con las aspiraciones de la élite pero si con lo que los centros de análisis financiero tanto extranjeros como nacionales consideraban era lo más conveniente para el país en ese momento: que ganara Chávez. De manera que el pueblo ignorante llegaba a las mismas conclusiones a las cuales llegaban los más sofisticados analistas financieros ante un eventual escenario alternativo de alta volatilidad, en el cual una oposición que se percibía sin capacidad  gerencial tomaba control del país.

Y ese “pueblo ignorante” sigue percibiendo y analizando los escenarios de manera increíblemente sabia: habiendo el proponente claramente ganado las elecciones presidenciales hace escasos meses, después de haber mercadeado el socialismo, los motores de la revolución, la nueva geometría del poder etc… hasta el cansancio, en un entorno en el cual las clases D y E (aprox. 80% de la población) han elevado su poder adquisitivo de manera significativa y sin liderazgo opositor claro, la gente ha votado NO a la reforma constitucional. En efecto, el pueblo parece saber muy bien que no es conveniente amenazar la propiedad privada (a pesar de que no son precisamente los más grandes propietarios), el pueblo parece entender muy bien que no es conveniente generar mecanismos que ayuden a perpetuar al presidente en el poder, ese “pueblo ignorante” parece entender muy bien el significado de la protesta estudiantil (aunque no es ese pueblo quien ocupa los puestos en las universidades).

 

Ya es hora de comenzar a entender que el pueblo no es pendejo y que no se le debe tratar como pendejo. Es precisamente esa eterna subestimación de las grandes mayorías la que nos ha llevado al escenario actual.

Es necesario recordarle a cierta élite pseudoilustrada que la primera potencia del mundo no está conformada por un ejército de Sócrates o genios iluminados, que la primera potencia del mundo está conformada por un ejército de personas que quizá se parecen más a Homero Simpson. Entonces…¿dónde está la diferencia?

 

Raúl Aular Delgado

 

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Emmanuel, Marulanda, Disney y Rousseau, 05 de Enero de 2008

Quizá, sin saberlo, haciendo honor a su nombre, Emmanuel contribuya a nuestra salvación. Quizá la aplastante realidad, la sobredosis de realidad que involucra su historia permita que nos liberemos del mito más pernicioso, inútil y destructor para la suerte de nuestros pueblos: el mito del buen salvaje y su transmutación en el mito del buen revolucionario (Carlos Rangel).

La idea romántica de una vida idílica libre de las taras de la civilización y en armonía con la naturaleza, la suposición según la cual los aborígenes del nuevo mundo eran algo así como los hippies del siglo XIV, es decir, paz y amor, la muy explotada imagen del conquistador español acabando con este paraíso e imponiendo su cultura “decadente”, la utilización de la primera persona del plural para hablar de los indios y la tercera para hablar de los europeos (a pesar de hablar en castellano y no en quechua), la supuesta pureza del alma del indio (el buen salvaje) con la consecuente podredumbre espiritual del hombre occidental, la transmutación de esta alma pura en el espíritu del buen revolucionario, un ser moralmente superior que entrega su vida, movida por el amor al prójimo, luchando contra occidente (ahora representado por los EE.UU. y sus lacayos) para lograr un mundo mejor, justo, en armonía con la naturaleza y con los hombres, es decir, por la restauración del paraíso precolombino, en fin, toda esa imagen falsa generada en Europa y que ha sido tan extensamente manoseada tanto en el nuevo como en el antiguo continente, quizá se haya tropezado con una sobredosis de realidad que permita, de una vez por todas, pulverizarla.

Ya se podía escuchar a los buensalvajistas entretenerse en imágenes fantásticas que suponían a Emmanuel en hombros de los guerrilleros de las FARC durante sus caminatas en la selva, aprendiendo de estos seres puros los misterios de la naturaleza y nutriéndose con las enseñanzas del cariñoso “abuelito” Tirofijo. Ya se podían escuchar historias de una infancia ideal, en contacto con la madre tierra, inconscientemente extraídas de la producción “El Niño de la Selva” de Disney. Ya se podía escuchar la melosa historia del niño de la selva, criado por hombres nuevos, libre de la podredumbre de occidente y esperanza para la paz. Todo esto se escuchaba a entrevistados en el canal del estado, cuando en el clímax del delirio buensalvajista/revolucionario la realidad explotó en la cara de todos.

Nada de vida idílica en la selva con hombres nuevos, lo que teníamos enfrente era leishmaniasis, malaria por Plasmodium vivax, desnutrición crónica, fractura de húmero izquierdo, síndrome diarreico agudo, síndrome de niño maltratado y abandono social. Lo único que suavizó la terrible realidad fue el sistema de protección familiar puesto en marcha por los “lacayos del imperio” que, con todas sus dificultades, y utilizando la “decadente” medicina occidental, envió el niño a un hospital en la capital del país, en donde fue intervenido y recuperado para intentar devolverlo a un desarrollo psicomotor y emocional de acuerdo con su edad cronológica: 3 tres añitos y medio.

El brutal contraste entre los delirios arrogantes de quienes se creen moralmente superiores al resto, pretendiendo que tienen la misión cósmica de salvarnos de la decadencia y una aplastante realidad que explota en la cara de todos diariamente (hay millones de Emmanueles) debería hacernos reflexionar respecto a los mitos que pululan en la mente de muchos de nosotros y sólo sirven para evadir la dolorosa realidad que tenemos. No podemos como pueblo seguir persiguiendo a quien ofrezca una explicación al fracaso que nos exonere de culpa. Pero tampoco podemos seguir indolentes ante las vidas fracasadas de muchos compatriotas que se convierten luego en blanco fácil de mitos viejos y nuevos. O convertimos esta sociedad en una sociedad moderna y viable para todos o nos consumiremos todos entre la leishmania y la malaria.

La cruda historia de Emmanuel puede ayudarnos a abrir los ojos, la mente y el corazón.

Raúl Aular Delgado

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La confluencia entre capitalismo y socialismo, 18 de Diciembre de 2007

Se pueden perder años, décadas completas de avance en una sociedad sólo por un temita de significados. Y eso es lo que parece que ocurre aquí en la Venezuela de comienzos del siglo XXI: un enfrentamiento ideológico (si es que eso existe todavía) absolutamente gaseoso en el cual ambos bandos están de acuerdo en lo fundamental, es decir, en lo que no se puede estar en desacuerdo: 1) hay que ser productivos y dejar el rentismo 2) hay que atacar la inequidad y atender los problemas sociales de manera prioritaria. Quién está en desacuerdo con eso?

Pues bien, debido a la característica y pasada de moda tendencia moderna, según la cual hay leyes análogas a las de la física clásica que rigen todas las cosas existentes, debido a una insuficiencia intelectual que impide el análisis práctico de la realidad y la toma de decisiones efectivas, debido a la mala maña de estar inventándose “leyes” que supuestamente gobiernan los fenómenos sociales y llamarlas luego “científicas” sólo para superar el complejo de inferioridad que generaba el no tener el estatus de ciencia (y digo generaba porque esa concepción de ciencia determinista ya pasó de moda), debido pues a un miedo inconsciente a aceptar que no hay recetas, ni diagramas de flujo que nos digan qué hacer, debido al terror que implica aceptar que tienes que inventar las soluciones en el camino, con la información disponible y sin manuales que nos sirvan de “chuleta”, estamos aquí, metidos en un debate absolutamente inútil sólo posible por el hecho de que se financia con la renta petrolera.

Debate inútil, gaseoso, subsidiado con petróleo (el tiempo productivo que se pierde en un debate debería ser financiado por los beneficios del mismo), arrogante, bizantino, temerario y que no le importa a la gran mayoría de la población. Se trata pues del debate entre capitalismo y socialismo, dos “ismos” que no existen, que sirven sólo de muletas mentales que permiten sobrellevar el marasmo intelectual, a través del artilugio de repetir como loros “principios”, “modelos”, “fundamentos” etc… uno más rimbombante que el otro sin solucionar nada concreto. Para qué sirve convertirse en el adalid del libre mercado si ya sabemos que un mercado libre, en competencia perfecta y sin asimetrías de información simplemente no existe? Para qué sirve salir, cual cruzado medieval, a denunciar la inequidad social y la pobreza como consecuencias del capitalismo, cuando la concentración de riqueza y poder en pocas manos es un fenómeno que siempre ha existido, incluso sin capitalismo, y cuya solución, ya se sabe, está más en manos de los que concentran la riqueza y el poder que en otro sitio?

En efecto, una abrumadora evidencia nos indica que no hay que rasgarse las vestiduras por unos principios abstractos que no se pueden aplicar en la práctica. Es urgentemente necesario resolver los problemas sin limitar las estrategias ni las tácticas a ningún recetario, lo que importa es lograr una sociedad viable, y para ello, hay que producir riqueza y no puede haber mucha gente descontenta, esa es la realidad.

“…Las compañías siempre han tenido un contrato con la sociedad. El contrato abarca no sólo los participantes directos (como consumidores, empleados, reguladores y accionistas) sino también, y de manera creciente, un más amplio grupo de participantes (como las comunidades donde operan las compañías, los medios, la academia y el sector de las organizaciones sin fines de lucro)…”  “…Las tendencias sociopolíticas afectarán cada vez más la libertad estratégica de las compañías, las cuales no pueden simplemente ignorar la creciente ola de expectativas resultantes a partir de esas tendencias y el poder e influencia de los participantes que se movilizan alrededor de ellas…” “…En comparación con las habilidades duras y el conocimiento profundo de la mayoría de los altos ejecutivos, los temas sociopolíticos requieren habilidades de estadista…Adicionalmente, estimar el impacto de la mayoría de las tendencias sociopolíticas en el valor corporativo requiere que los ejecutivos hagan supuestos y prueben sensibilidades que los textos de los MBAs generalmente no discuten…”

El texto anteriormente citado no fue extraído de un manual de izquierda ni mucho menos, se trata del McKinsey Quarterly, una revista de negocios producida a partir de las investigaciones realizadas por McKinsey and Company, una de las firmas de consultoría gerencial más importantes e influyentes del mundo, es decir, el propio capitalismo puro y duro. Como podemos ver, los temas relevantes para los llamados “socialistas” pueden ser, en realidad, los temas relevantes para sustentar la rentabilidad y viabilidad de los negocios a mediano y largo plazo para los llamados “capitalistas”. En efecto, la rentabilidad a corto plazo como uno de los indicadores de desempeño de las empresas y no como el fin último de las mismas, permite una mejor toma de decisiones. Igualmente, cuando calculamos el valor de un negocio, frecuentemente somos víctimas de las limitaciones de las herramientas analíticas disponibles como el valor presente de los flujos de caja descontados o la valoración por escenarios. Se asume que el recurso humano, los recursos naturales y la paz social están dados o, a lo sumo, se incluye un factor de riesgo en las tasas de descuento para reflejar de manera casi arbitraria un, así llamado, “riesgo” de la sociedad en la cual la compañía tendría que desempeñarse. Todos estos métodos son absolutamente imperfectos, pero en lo que todo el mundo está de acuerdo es en que las empresas tienen una probabilidad mucho mayor de maximizar su valor a largo plazo, si se desempeñan en una sociedad en la cual la población tiene salud, educación, estabilidad, diversión, y poder adquisitivo. Una empresa no puede generar valor a largo plazo en una sociedad inestable por la inequidad existente.

Así pues pareciera que los socialistas tienen ideales que maximizarían el valor de las empresas capitalistas en el largo plazo. El conflicto gaseoso se da en el corto plazo, con unos empresarios con el cerebro lavado por doctrinas deterministas y pasadas de moda según las cuales las empresas sólo deben preocuparse por generar dinero y maximizar su rentabilidad, y unos supuestos socialistas con el cerebro lavado por doctrinas deterministas y pasadas de moda según las cuales hay que crear un “hombre nuevo” que se olvide de la rentabilidad y se oriente desinteresadamente al prójimo.

He allí la inutilidad del debate, hay que olvidarse de los “ismos”, los empresarios y la élite económica no pueden pensar que la cosa es maximizar la rentabilidad en el corto plazo como fin último, esto es rechazado, no por los socialistas, sino por la investigación y la experiencia gerencial más avanzada en el mundo. Por otra parte, los socialistas no pueden pensar que la pobreza la generan las empresas y que hay que eliminar el incentivo económico creando un nuevo Homo sapiens, esto es rechazado, no por los empresarios capitalistas, sino por la experiencia vivida en los países socialistas del bloque soviético y la propia Unión Soviética. Tenemos que trabajar pensando en el largo plazo, apuntando a la creación de empresas fuertes, rentables, productivas y sostenibles en el largo plazo por una sociedad en la cual los ciudadanos vivan dignamente, con buena salud, educación, alimentación y diversión. Todo ello orientado al verdadero fin último: el máximo desarrollo del espíritu de cada ser humano. No perdamos más tiempo.

Raúl Aular Delgado

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El falso dilema entre el Quijotismo loco y el Sanchopancismo patán, 5 de Junio de 2005

Para conmemorar los 400 años de la primera edición del “Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha” el Estado Venezolano tuvo la destacable iniciativa de imprimir un millón de ejemplares de la obra y distribuirlos gratuitamente a la población. La mencionada edición especial es prologada por el premio Nobel de literatura José Saramago e incluye una dedicatoria a los lectores más jóvenes escrita por el Ministro de la Cultura de la República Bolivariana de Venezuela, Arq. Francisco Sesto Novás.

Como un esfuerzo por hacer llegar a todo el pueblo las obras clave que han contribuido a construir lo que somos, ésta es, sin duda, una iniciativa positiva. Pero lo que nos ocupa en esta oportunidad no es la difusión del Quijote como obra literaria, ni la sustitución del prólogo de Vargas Llosa en la edición europea por el de Saramago. Lo que nos ocupa en esta oportunidad es la reiteración y amplificación de algunos mensajes con los cuales viene acompañada esta nueva edición del Quijote, y que en una iniciativa masiva como ésta, implican un impacto considerable.

El Quijote no es una novela inofensiva, por el contrario, y como producto de su amplísima difusión, del rol fundamental que se le atribuye en el desarrollo de nuestra lengua, de su alcance universal, de la unánime devoción que todo hispano le profesa y de la penetración que sus personajes, escenas y mensajes tienen en la cultura popular de nuestros pueblos, la genial obra de Cervantes se ha convertido en un marco conceptual a través del cual se ve y se interpreta la vida. Y esta es precisamente nuestra preocupación, cuando un marco conceptual se hace tan omnipresente y su utilización tan generalizada, corremos el riesgo de confundirlo con la realidad y en vez de ayudar a su correcta interpretación y de guiar cursos de acción eficaces (por fundamentarse justamente en una adecuada interpretación de la realidad) pueden terminar llevando al fracaso continuo. Cuando el Libertador y Padre de la Patria afirma: “Jesucristo, Don Quijote y yo, somos los tres grandes majaderos de la historia” y el Presidente de la República se autodefine como un “Quijote” es porque algo hay en esa novela que se anidó muy profundo en la psique popular. Pero, ¿qué marco conceptual para la vida puede derivarse del Quijote? ¿de qué manera la genial obra de Cervantes puede determinar parte de la interpretación que tiene la gente de su realidad? ¿cómo esa interpretación influye en los cursos de acción que se definen y ejecutan, para hacer frente a esa misma realidad, previamente interpretada utilizando el paradigma quijotesco?

Es bien conocido y aceptado que en el Quijote se pueden identificar claramente dos filosofías de vida contrapuestas: una representada por Don Quijote de la Mancha, la cual llamaremos “Quijotismo” y otra representada por Sancho Panza, la cual llamaremos “Sanchopancismo”. El quijotismo podría ser definido como la filosofía de vida del idealista. El quijotista dedica su vida a los más altos ideales de bien y de justicia, desprecia las preocupaciones por la vida material hasta el punto en el cual puede llegar a perderlo todo, incluso la vida, en la defensa de sus ideales. Es noble, valiente y desinteresado, siempre preocupado por el bien común e insensible a las ofensas, traiciones y ridiculizaciones que comúnmente le dirigen los sanchopancistas.

El sanchopancismo podría ser definido como la filosofía de vida del materialista. El sanchopancista, tiene como únicas preocupaciones la satisfacción de sus necesidades materiales, es intrínsecamente egoísta, cobarde, práctico, no alberga ninguna preocupación por el bienestar común y para él la justicia y el bien son conceptos relativos y de valor exclusivamente instrumental en el logro de sus objetivos. Considera las acciones de los quijotistas como cosas sin sentido, apartadas de la realidad y risibles.

En nuestra opinión el Quijote ilustra estas dos filosofías de vida encarnándolas en personajes que se han convertido en arquetipos para el mundo hispano. Bajo estas referencias, ante cada situación de la vida, desde las más simples hasta los actos de gobierno, podría enfrentarse una decisión trágica producto de la utilización de un modelo mental, un marco conceptual, incompleto. Ante cada acción a tomar tendríamos que decidir si nos comportaremos como Don Quijote o si nos comportaremos como Sancho Panza. Esto es tremendamente doloroso y frustrante porque se nos pone a decidir entre dos modelos que, en el fondo, rechazamos. La mayoría de la gente no quiere, no puede y no debe ser tan irracional como Don Quijote (es notable que Cervantes haya escogido a un loco para representar al personaje); pero también resulta inaceptable convertirse en un patán, sin ideales como Sancho.

La gente común tiene ideales, se preocupa y hace lo que puede, por los demás y es capaz de hacer sacrificios por defender las cosas en las que cree, pero no desprecia irresponsable, loca o quijotescamente lo material; desea cubrir sus necesidades de la mejor forma, quiere progresar y acumular mayor fortuna, pero no se comporta miserable, rastrera o sanchopancísticamente como un patán.

Y aquí está el problema con la publicación de la edición del Quijote a la cual se hizo referencia al principio: en su dedicatoria a los lectores más jóvenes y en perfecta sintonía con el centro del mensaje revolucionario, se propone a la juventud venezolana tomar el camino del Quijote (el de la revolución) ante las amenazas sanchopancistas que pretenden destruir la justicia y el bien. Aún más, se propone la inclusión en la lista de “majaderos de la historia” a Ernesto Guevara y, quizá intuyendo la fuerza arquetípica que tienen los dos personajes cervantinos, se advierte al joven lector que la obra puede marcarlo para siempre.

Y ese es el falso dilema que enfrenta el país en este momento. Se pretende dividir la nación en dos grupos:

1) Los quijotistas: revolucionarios, preocupados por el bien común, sin aspiraciones materiales, idealistas, bondadosos, despreocupados de las burlas externas, dispuestos a entregar la vida por sus ideales, antiimperialistas, de la V república, socialistas…

2) Los sanchopancistas: materialistas, egoístas, únicamente preocupados por su bienestar personal, oligárquicos, desprovistos de ideales, arrodillados ante el imperio, de la IV república, capitalistas…

Y esto no es, ni tiene que ser así.

La inmensa mayoría de los venezolanos están frustrados ante lo que, en ausencia de una opción liberadora, moderna y con sentido común, podría ser un inevitable proceso decisorio entre dos opciones falsas.

La inmensa mayoría de los venezolanos desea una política pública holística, racional, generadora de riqueza, eficaz y eficiente pero no materialista; espiritual, idealista y culturalmente rica pero no ingenua.

La inmensa mayoría de los venezolanos detestan decidir entre un sanchopancismo, capitalista, patán, de IV república y un quijotismo, socialista, loco de V república.

La inmensa mayoría de los venezolanos desean fervientemente una Venezuela, moderna, libre, popular y sensata.

Raúl Aular Delgado

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