Emmanuel, Marulanda, Disney y Rousseau, 05 de Enero de 2008

Quizá, sin saberlo, haciendo honor a su nombre, Emmanuel contribuya a nuestra salvación. Quizá la aplastante realidad, la sobredosis de realidad que involucra su historia permita que nos liberemos del mito más pernicioso, inútil y destructor para la suerte de nuestros pueblos: el mito del buen salvaje y su transmutación en el mito del buen revolucionario (Carlos Rangel).

La idea romántica de una vida idílica libre de las taras de la civilización y en armonía con la naturaleza, la suposición según la cual los aborígenes del nuevo mundo eran algo así como los hippies del siglo XIV, es decir, paz y amor, la muy explotada imagen del conquistador español acabando con este paraíso e imponiendo su cultura “decadente”, la utilización de la primera persona del plural para hablar de los indios y la tercera para hablar de los europeos (a pesar de hablar en castellano y no en quechua), la supuesta pureza del alma del indio (el buen salvaje) con la consecuente podredumbre espiritual del hombre occidental, la transmutación de esta alma pura en el espíritu del buen revolucionario, un ser moralmente superior que entrega su vida, movida por el amor al prójimo, luchando contra occidente (ahora representado por los EE.UU. y sus lacayos) para lograr un mundo mejor, justo, en armonía con la naturaleza y con los hombres, es decir, por la restauración del paraíso precolombino, en fin, toda esa imagen falsa generada en Europa y que ha sido tan extensamente manoseada tanto en el nuevo como en el antiguo continente, quizá se haya tropezado con una sobredosis de realidad que permita, de una vez por todas, pulverizarla.

Ya se podía escuchar a los buensalvajistas entretenerse en imágenes fantásticas que suponían a Emmanuel en hombros de los guerrilleros de las FARC durante sus caminatas en la selva, aprendiendo de estos seres puros los misterios de la naturaleza y nutriéndose con las enseñanzas del cariñoso “abuelito” Tirofijo. Ya se podían escuchar historias de una infancia ideal, en contacto con la madre tierra, inconscientemente extraídas de la producción “El Niño de la Selva” de Disney. Ya se podía escuchar la melosa historia del niño de la selva, criado por hombres nuevos, libre de la podredumbre de occidente y esperanza para la paz. Todo esto se escuchaba a entrevistados en el canal del estado, cuando en el clímax del delirio buensalvajista/revolucionario la realidad explotó en la cara de todos.

Nada de vida idílica en la selva con hombres nuevos, lo que teníamos enfrente era leishmaniasis, malaria por Plasmodium vivax, desnutrición crónica, fractura de húmero izquierdo, síndrome diarreico agudo, síndrome de niño maltratado y abandono social. Lo único que suavizó la terrible realidad fue el sistema de protección familiar puesto en marcha por los “lacayos del imperio” que, con todas sus dificultades, y utilizando la “decadente” medicina occidental, envió el niño a un hospital en la capital del país, en donde fue intervenido y recuperado para intentar devolverlo a un desarrollo psicomotor y emocional de acuerdo con su edad cronológica: 3 tres añitos y medio.

El brutal contraste entre los delirios arrogantes de quienes se creen moralmente superiores al resto, pretendiendo que tienen la misión cósmica de salvarnos de la decadencia y una aplastante realidad que explota en la cara de todos diariamente (hay millones de Emmanueles) debería hacernos reflexionar respecto a los mitos que pululan en la mente de muchos de nosotros y sólo sirven para evadir la dolorosa realidad que tenemos. No podemos como pueblo seguir persiguiendo a quien ofrezca una explicación al fracaso que nos exonere de culpa. Pero tampoco podemos seguir indolentes ante las vidas fracasadas de muchos compatriotas que se convierten luego en blanco fácil de mitos viejos y nuevos. O convertimos esta sociedad en una sociedad moderna y viable para todos o nos consumiremos todos entre la leishmania y la malaria.

La cruda historia de Emmanuel puede ayudarnos a abrir los ojos, la mente y el corazón.

Raúl Aular Delgado

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