¡Se valiente!, ¡Atrévete a pasar por pendejo!, 12 de Marzo de 2011

Raúl Aular Delgado/Twitter: @raulaular

En un reciente artículo de opinión el general García Ordoñez hace un alerta que al mismo tiempo es una denuncia. El general afirma que el IVAD es una encuestadora que trabaja para el gobierno, que cambia los números para favorecerlo y se quejó de la ingenuidad de Teodoro Petkoff al citarla en su programa. Se quejó de la inocencia y candidez del liderazgo opositor y demandó mayor malicia y sagacidad, intentó resucitar, incluso, el mito del fraude en el referendum revocatorio.

Llama la atención la denuncia, porque los números del IVAD han coincidido generalmente con los de las encuestadoras más importantes del país y además, han sido consistentes con los resultados observados en los procesos electorales. En el último proceso, el 26S, dada la particular conformación de los circuitos electorales, la estimación del voto popular no se correspondía con el número esperado de diputados en la AN y esa discrepancia, permitía análisis diferentes que originaron estimaciones muy distintas respecto a la distribución final de las curules. Sin embargo, la data de campo era generalmente consistente.

El tema de la desconfianza en las encuestadoras es sólo una expresión de un síndrome más amplio. Es una característica omnipresente en el venezolano el intentar ver, aun en medio de la obviedad, las causas últimas, las verdaderas razones, la mano que mece la cuna en cada cosa que sucede.

Si el diputado Alfredo Ramos, en su camino de Barquisimeto a Caracas, cae en un hueco en la autopista Centroocidental (ahora llamada Cimarrón Andresote) y llega tarde a la sesión de la AN, siempre encontraremos a alguien, con vista de águila y olfato de sabueso, que propondrá que “ese hueco” fue planificado por Chavez mientras hacía el juramento frente al Samán de Güere.

¿Qué puede explicar semejante pulsión? ¿Qué nos lleva a obviar lo obvio y a vislumbrar una teoría conspirativa, oculta para el común de los mortales, detrás de todo? ¿Será que hemos hecho el papel de pendejos tantas veces, que la suspicacia se ha convertido en un mecanismo de protección?

Los venezolanos odiamos, como cualquiera, que nos tomen por pendejos, que nos utilicen como piezas de “Lego” y esa hipersensibilidad tiene mucho sentido: después de ejércitos de corruptos robándose los reales de todos, banqueros llevándose la plata de los ahorristas, empresarios, sin empresas, enriquecidos con créditos blandos del gobierno y una declaración de independencia camuflada como afirmación de los derechos de Fernando VII, la gente ha aprendido a desconfiar, a negarse a creer lo que ven sus ojos y a buscar alguna historia retorcida que explique cómo van a perjudicar a “A” en beneficio de “B”.

En el muy citado libro de Mirtha Rivero, La Rebelión de los Náufragos, se cuenta cómo, contra toda evidencia, fue imposible convencer a Marcel Granier de que la privatización de la CANTV no estaba diseñada para regalársela a Gustavo Cisneros, solo los hechos, demostraron que no era así.

Esa paranoia social es incompatible con el desarrollo. Si cuando “acuerdas” algo con alguien, el tipo se despide amablemente y luego se voltea diciendo: “ese como que cree que soy bolsa” no se va a llegar muy lejos. El revertir esa tendencia a la suspicacia requiere asumir riesgos, ejecutar aunque no te crean, demostrar con hechos tu intención, ganarte la confianza de la gente con obras. La población está hipersensible y no será fácil convencerla de que se actúa con rectitud de intención.

Un país en el cual se intuyen “con ojo e´garza” acuerdos secretos, no solo entre encuestadoras, sino entre personajes tan diversos como Henry Ramos, José Antonio Abreu, Dudamel, Urosa, Convit etc… y el gobierno, un país en el cual toda construcción, no importa que la adelante un empresario con toda la vida en el oficio, se supone que tiene detrás una compañía de Diosdado Cabello, un país en el cual siempre hay un tío, del sobrino, del hijo de mi mejor amigo, que me dijo, de buena fuente, que “esa vaina era un chanchullo”, es un país sin futuro. Para hacer Patria de verdad, hay que ser valiente, hay que correr el riesgo de pasar por pendejo.

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